Ojalá.

cansada

“Cada noche bebo hasta perder el conocimiento porque no puedo soportar lo triste que me siento. Siempre me alejo de mis seres queridos porque no quiero que me vean así ni que tengan que lidiar con mi tristeza, pero acaban pensando que no me gustan o que no les quiero.
Ojalá pudiera decirles la verdad.
Ojalá pudiera decirles que no es a ellos a quien odio, si no a mí.”

(Fecha: antes de 2010)

Lo había soñado muchas veces.

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Las alturas me dan un miedo tremendo.
Sí, tengo vértigo. Pero vértigo del bueno, no del de segunda división. Vértigo de ese que te marea aunque solo estés subida al tercer peldaño de una escalera plegable (que eso para mí ya era una altura considerable).
Por eso odio mi sueño recurrente. Siempre es lo mismo: Caigo al vacío por un acantilado precioso, lleno de rocas y verdes árboles y al fondo siempre me espera el mar embravecido, llamándome. Y mientras caigo saboreo una extraña mezcla entre pánico y terror, pero también de fascinación por esa belleza extrema.
Así que nunca imaginé que cuando tuviera que hacerlo fuera de esa manera. Porque claro, tenía que hacerlo. Los últimos acontecimientos me empujaban inexorablemente a ello. Yo no era de piedra y yo no he venido a este mundo a sufrir. Los demás no sé, yo no. Mi corazón estaba demasiado cansado y mi alma del todo exhausta. Simplemente no podía más y no me apetecía seguir esforzándome. Se me acabaron las ganas de seguir teniendo ganas.. se me acabaron las ganas de vivir.
Aquella barandilla del mirador era perfecta. Y a pesar del miedo que me atenazaba y que contraía mi respiración decidí subirme a ella. Entre miradas de estupor de los excursionistas presentes (que tampoco hicieron nada por evitarlo) dejé mis pies colgando en el vacío y me llené los pulmones de aire, antes de empaparme del todo de esa belleza cruel.
Tenía unas vistas magníficas, preciosas, al igual que en mis sueños. Me armé de valor (porque hay que ser muy valiente para hacerlo) y lo hice, lo hice..
LLamadme egoísta si queréis, es verdad, no pensé en los que se quedaban. Me da igual, por una vez en mi vida pensé en mí como me aconsejaron, que ya me tocaba no pensar tanto en los demás.
Yo creo que hice bien en saltar… verdad?

El libro de la vida.

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“De repente dejó de discutir. No merecía la pena intentar convencer a alguien que en realidad ya no le importaba nada. Así era ella. Del amor al odio no había pasos. Del amor se pasaba a la indiferencia. Absoluta y total.
Esa triste, ruín, mezquina frase fue la que marcó el antes y el después. Esa maldita frase que le dijo desde el asco más vísceral fue la que acabó del todo con el poco cariño que le quedaba.
Dio la vuelta lentamente, dejando a un lado ese fuego que le caracterizaba, y se puso a colocar papeles guardados desde hacía mil años. Rompió todos aquellos recibos de la luz, del agua, del gas, aquellos que no costaba pagar porque la ilusión era la que les daba de comer (o eso pensaban). Fotos de los peques, notitas de amor. Deseos de buenos días y felicitaciones de cumpleaños. Todo estaba allí, en esa caja transparente de los chinos, ahora ya medio vacía.
‘Qué poco cuesta deshacerse de toda una vida’ pensó mientras tiraba a la basura la bolsa llena a rebosar de papeles y recuerdos ya inservibles […]”

Mirando al techo pensó que no le estaba quedando del todo mal ese relato. Que era una buena segunda parte para el libro de la vida, pero que a la tercera le pondría más pasión, más amor, más cariño y más ternura.

Pasó la página e ilusionada comenzó a escribir :

– Capítulo tercero.