No corras.

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Te ilusionas por algo que crees improbable que suceda. Y dejas el destino tu vida, de tus anhelos, en manos de otro. Crees en todas las promesas, aún sabiendo que hay quien es incapaz de comprometerse.
Y te duele y, con fundamento o sin él, revientas por dentro.
Por eso, no pases de largo por la vida.
Simplemente vive.
Disfruta del camino, observa el paisaje.
Haz paradas y detente.
Respira y llénate los pulmones de aire fresco.
Ama y déjate querer.
Escucha, absorbe las palabras bonitas que te dedican y acompáñalas con canciones.
Mira una puesta de sol bonita.
Madruga y espera el amanecer.
Hazme caso, no corras.

Sobrevivir.

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Mirar el futuro con cierta preocupación. No ser capaz de mirarle de frente ni sostener su mirada y por eso apartarla. Es fría, desangelada.
Y sientes miedo.
No haber podido nunca ‘no depender de ti misma’. Intentar ser independiente siempre. No hacer ascos a nada, arremangarte, tirar pa’lante.. siempre!
Tener un trabajo guay, otro menos guay, otro que te encanta, otro que no está mal, otro que es lo peor y casi indigno.
Aguantar al cacique, al jefe tirano, a compañeros trepas.
Subir, bajar desde el principio de los tiempos.
Ganarte la vida, y no hablo de dinero.
Hablo de GANARTE LA VIDA. De ser merecedor de vivir, de querer, de que te quieran.
Aprender que nada es gratis. Que hacer promesas es fácil, pero cumplir lo prometido no y por lo tanto, empezar a creer cada vez menos en los demás y más en ti (aunque cueste).
Salir pisando fuerte aunque duela. Y subir bien la cabeza.
Una vez me preguntaron si era luchadora y contesté que no, que creo que más bien soy guerrera.
Aunque en mis muy adentros, lo que de verdad soy, es una superviviente.
Y de las buenas.

Solos.

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Estábamos jodidamente solos. Ambos. Y no era solo un sentimiento, es que lo estábamos.
Rodeados de gente vociferante, pero inmersos en la soledad más profunda.
Intentando agarrarnos a la primera tabla de salvación. A cualquier ‘te quiero’ bienentencionado, viniera de donde viniese.
Sucumbíamos ante una palabra dulce, y nos derretíamos con cualquiera que nos prestara atención y nos hiciera sentir un poquito deseados e importantes.
Buscábamos pasión, amor y abrazos. Y besos, muchos besos, importándonos un bledo abandonarnos a ellos sin más.
Queríamos vivir porque ya casi se nos había olvidado lo que eso era.
Ahora pienso en lo fácil que fue pasar del frío a la calidez .
Qué suave y sencillo.
Y ahora veo lo difícil que resultó lo contrario:
Pasar del verano al invierno.
Y yo no sé tú, pero yo, en mi alma, no quiero que nieve nunca más.