Adiós.

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Pensaba que no lo veía pero se dio perfecta cuenta de que hacía rato la estaba observando de reojo. Ese hombre, ahora desconocido, del que se enamoró hacía.. (cuánto hacía?) la miraba con mucha atención.
Y un escalofrío recorrió su médula espinal.
No sabría explicar bien porqué, pero le hacía sentir muy incómoda. Qué caramba! Sí lo sabía. Hacía años que no la miraba. Ni le daba los buenos días. Ni las buenas noches. Hacía años que se convirtieron en perfectos desconocidos sin ganas de tocarse, hablarse, mirarse. Demasiados puntos de vista distintos. Demasiadas aficiones opuestas. Y demasiados “perdóname” y “lo siento”.. Un día decidió que se acabó lo de perdonar, que olvidaría lo de recordar y dejó de importarle cuando se dio cuenta de que ella tampoco le resultaba importante. Sin más. Ni siquiera pasaron por esa época del odio visceral, del asco inmenso, de la rabia profunda. ‘Habría estado bien (pensó) .. nos habríamos seguido mirando’. Pero no, todo fue pausado y anodino. Sin sangre. Frío.
Y ahí estaba él. Mirándola disimuladamente. Y por primera vez en mucho tiempo, con tenacidad e interés. Casi podría decirse que con curiosidad.
Y ahí estaba ella, intuyendo sus lágrimas rodando por las mejillas.
‘Mañana me voy’.. le dijo ayer. ‘No seas ridícula. A dónde vas a ir tú!?’
Dándose la vuelta, obvió con dolor,  su carcajada incrédula.
Hoy ya es mañana.

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