El libro de la vida.

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“De repente dejó de discutir. No merecía la pena intentar convencer a alguien que en realidad ya no le importaba nada. Así era ella. Del amor al odio no había pasos. Del amor se pasaba a la indiferencia. Absoluta y total.
Esa triste, ruín, mezquina frase fue la que marcó el antes y el después. Esa maldita frase que le dijo desde el asco más vísceral fue la que acabó del todo con el poco cariño que le quedaba.
Dio la vuelta lentamente, dejando a un lado ese fuego que le caracterizaba, y se puso a colocar papeles guardados desde hacía mil años. Rompió todos aquellos recibos de la luz, del agua, del gas, aquellos que no costaba pagar porque la ilusión era la que les daba de comer (o eso pensaban). Fotos de los peques, notitas de amor. Deseos de buenos días y felicitaciones de cumpleaños. Todo estaba allí, en esa caja transparente de los chinos, ahora ya medio vacía.
‘Qué poco cuesta deshacerse de toda una vida’ pensó mientras tiraba a la basura la bolsa llena a rebosar de papeles y recuerdos ya inservibles […]”

Mirando al techo pensó que no le estaba quedando del todo mal ese relato. Que era una buena segunda parte para el libro de la vida, pero que a la tercera le pondría más pasión, más amor, más cariño y más ternura.

Pasó la página e ilusionada comenzó a escribir :

– Capítulo tercero.

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