Nadie como tú.

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Y allí estabas, mirándome por fin, con tu cara sonrosadita y tus manos cruzadas. (Las enfermeras dijeron que nunca habían visto algo así: las manitas cruzadas nada más nacer).
Me mirabas y te miraba y grabé en mi retina y en mi corazón tu carita. Te costó venir al mundo, se ve que no te apetecía mucho asomarte y comprobar que fuera no se estaba tan bien como dentro, pero finalmente con mucho dolor y un parto de los duros viniste a quedarte conmigo. Literalmente: conmigo. Tus ojos rasgados ya empezaban a figurarse verdes y con el paso del tiempo se convirtieron en verdes, marrones, grises, en todos los tonos imaginables y a veces en todos a la vez. Esos ojos que se clavaban en mí ante mil desaprobaciones y reproches callados, ante esas veces que debiste callar por no herir. Esos ojos al mismo tiempo dulces y suaves y animosos que me perdonaban “esos ratos” en los que yo no era yo. He sabido perdonarme porque tú me has ayudado, sin ti no habría sido capaz. Por eso sé que no lo debí hacer del todo mal cuando fui capaz de regalarle al mundo una persona como tú.

(Para Mercedes)

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