Basta!

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No debería mirarla por encima del hombro como lo hace. Ella tampoco le había hecho nunca nada tan cruel ni tan grave como para que le mostrara su desdén siempre que tenía ocasión. Pero no podía evitarlo, estaba enfadado. Tenía un enfado constante. No era culpa suya. Todo se ponía en su contra como ni hecho a propósito. ¡Y ella hablando de amor y de buenas intenciones! ¿Pero qué se creía?
Él, que dejó toda su vida por ella. Él, que cuando no tuvo trabajo se dedicó a cuidar la casa como la más fiel de las criadas. Él, que lo dio TODO por ella no iba a consentir que viniera a darle lecciones de vida.
Que necesitaba sentirse “mujer”. Y “deseada”. Eso le dijo. ¿Acaso no tenía claro ya (después de tantos años) que la quería y deseaba como a nadie? Hay cosas que no hace falta decirlas tanto. Hay cosas que se suponen. Y esa manía de mandarlo al psicólogo por “su problema de agresividad”. ¡Lo intentaba! Intentaba de verdad no ser tan agresivo. Pero eso formaba parte de su carácter y no siempre podía domarlo. Ya lo sabía ella cuando lo conoció. Que él era así. Ah, y las mentiras. Que odiaba sus mentiras decía. ¿Acaso no estuvo él a su lado tratándola como a una reina cuando tuvo “ese” problema? ¡Pues entonces! ¿Qué más esperaba de él?
Consternado, desconcertado, triste y enfadado se dejó caer en la cama echándose las manos a la cabeza, mientras al suelo caía esa nota que decía:
“Yo no me merezco estar siempre triste. Yo solo merezco lo que doy: lo mejor. Me voy. Espero que seas muy feliz, ahora que yo también voy a serlo”.

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