La culpa es tuya.

thumb

“Pensaba que yo no me daba cuenta pero cuando él iba, yo ya había vuelto cuatro veces. Lo supe todo y todo lo percibí. Sus actos fueron el detonante que decidieron que mi cerebro ya estuviera harto de ir por buen camino, que quizás no merecía quererme y que iba a hacer todo aquello que durante tanto tiempo no me había sido permitido. El desparrame, lo llaman. La desidia, el pasotismo, la autodestrucción.
Y lo hice bien, que conste. Me hundí perfectamente en el viscoso barro. Y me removía en él a placer, me daba baños de autocomplacencia fingida y falsa. Me creí feliz y libre cuando lo único que hacía era apretar más y más las cadenas. Es lo que tiene poner demasiado empeño en algo a lo que ni siquiera debí haberme acercado: El amor. Esa mentira cochina inventada por alguna secta macabra para abducirnos fácilmente y llevarnos a su terreno a su antojo. Sí, dejé de creer en el amor. En el deseo, en la pasión, en la ternura, en la dulzura. Y la vida sin amor dolía mucho más. La vida sin amor era una puta mierda.”
Todo esto pienso ahora con el paso de algunos (no muchos) años. Mirando atrás me doy cuenta de todo lo aprendido y de todo lo recibido. Antes de ‘saber’ que soy lo que soy, estaba vacía, no era más que una botella por llenar pero ahora me siento un precioso jarrón lleno de flores de colores.
Yo he tenido mucho que ver. Reconozco mi tesón y valentía (mi trabajo me ha costado) y no voy a pecar de falsa modestia. Pero también te digo que escuchar “te quiero sin condiciones” ayuda mucho a que mi día a día sea mucho más sencillo.
Porque ahora tú me has hecho creer en el amor, porque tú eres el amor. Y sabes? Es culpa tuya que yo te quiera. Solo tuya.