Calor.

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No le apetecía nada estar donde estaba. No se sentía cómoda en “su hogar”. Su casa le resultaba fría. No era aquél el sitio donde se suponía que se era feliz al quitarse los zapatos. O donde te tirabas en el sillón cerrando los ojos dando gracias por estar por fin ‘en casa’.
En toda su vida no recordaba su hogar como aquel lugar en el que se sentía cómoda y caliente y libre y feliz. En realidad no se trataba de cuatro paredes, ni de cuadros o decoración perfectos. Tampoco de limpieza u orden. No. El hogar no era donde tiraba los zapatos, el hogar era donde podía apoyar la cabeza en su pecho. Donde su mano le acariciaba la cabeza. Donde podía dormir acurrucada sin temor a despertarse porque sabía que aunque despertara mil veces, mil veces volvería a dormirse plácidamente, sin miedo.
Su hogar era aquello que echaba de menos cada noche y donde deseaba volver cada día: a sus fuertes brazos cálidos.