Anestesias.

Que te anestesien es fundamental si van a someterte a cualquier tipo de intervención quirúrgica. No queremos que nada nos duela. Nadie nos va a dar una medalla al aguante del dolor por eso usamos la anestesia, para pasar por ese trance rápido y velozmente con el sufrimiento justo. Ya tenemos bastantes sufrimientos en la vida como para también tener que padecer ese dolor físico.
Y el dolor mental? (Me pregunto hábilmente). No tenemos anestesias. O sí? Nos damos cuenta de que hay “cosas” con las que de repente ya no nos duele tanto lo que antes nos destrozaba. Que (de repente) somos unos tiraos pa’lante y le echamos valor para decir lo que hace falta a quien haga falta. Que nada nos puede doblegar y encima, tenemos el doble de fuerzas para poder sobrellevar cualquier cosa.. y lo mejor de todo: sin dolor! Que te da igual lo que te digan, que no te importa lo que te hagan, que la vida es una absoluta maravilla. Que sí, que el mundo da muchas vueltas a veces y que el suelo no se está quieto, pero quién quiere parar cuando todo empieza a rodar con el solo movimiento de una mano hacia la boca? Y es entonces, cuando ya no te duele NADA y cuando ya TODO empieza a darte igual. Cuando te das cuenta de que eres un/a cobarde porque no te estás anestesiando, si no que te estás escondiendo, porque no tienes el valor de mirar a los problemas a la cara, y no sabes que el vacío, que ese vacío que sientes constantemente, no te lo va a llenar lo que te llevas a la boca. Y que el SeñorCuelloLargo (Mr.Botella) ya no es tan divertido.
Y que si te fijas un poco y miras a tu alrededor, por fin ves en qué te has convertido:

12a

El Principito: El borracho
-¿Qué haces aquí? -preguntó al bebedor, a quien encontró instalado en silencio ante una colección de botellas vacías y una colección de botellas llenas.
-Bebo -respondió el bebedor, con aire lúgubre.
-¿Por qué bebes? -le preguntó el principito.
-Para olvidar -respondió el bebedor.
-¿Para olvidar qué? -inquirió el principito, que ya lo compadecía.
-Para olvidar que me da vergüenza -confesó el bebedor, bajando la cabeza.
-¿Vergüenza de qué? -se informó el principito, que deseaba socorrerlo.
-¡Vergüenza de beber! -concluyó el bebedor, encerrándose definitivamente en el silencio.