Sienta las ganas de vivir.

Despiértese despacio, estirándose y mire a su lado.
Bese al que es su compañero de vida. Varias veces. Con abrazos. Hágale saber lo mucho que significa para usted. Dígale cuánto lo quiere. Hágale feliz.
Desayune con tranquilidad. Mientras tanto, lea algo que le llene. Comparta algo divertido con sus amigos. Busque un motivo para sonreír y: Sonría.
Mírese en el espejo, con atención. Fíjese en los detalles que más le gustan. Deténgase en sus ojos, en su boca, en su nariz. Incluso en sus pecas. Admire incluso aquello que no le gusta tanto. Dígase a sí misma: “Esto pertenece a un todo que soy yo. Soy quién soy y soy única. Me asumo, me acepto y me quiero.”
Sonría (otra vez).
Póngase ropa cómoda y póngase ‘bien guapa’. Salga a la calle sabiendo que hará todo lo posible para que sea un día estupendo, pero sabiendo también que si no es así, no pasará nada. Tiene personas que la quieren y estarán a su lado.
Camine, respire.
Deje que ‘la vida’ inunde sus pulmones. Note la caricia de la brisa en su piel. O tuéstese con el sol. En definitiva: Disfrute conscientemente de todas las maravillas que nos rodean y de las que pasamos de largo.
Y abrace.
Abrace a sus hijos, a su compañero, a sus amigos. El abrazo se recibe al mismo tiempo que se da. Reconforta y da energía. Y ahuyenta cualquier amago de soledad.
Y por último: Acuéstese siempre con la conciencia tranquila, sabiendo que hizo todo lo correcto, que no le hizo daño a nadie y que siempre fue cariñosa y amable. Tal como le gustaría que fuesen con usted.

No. Todo esto no es fácil. ¿He dicho yo que lo fuera? 😉