Pero te sigo mirando con mis ojos marrones.

Se volvía cada vez más pequeña a cada grito y desplante que él le daba. Las pocas fuerzas que conservaba se esfumaron cuando sintió su puño en la cara. El dolor lacerante hizo que se tambaleara y cayera al suelo, no se lo podía creer.. le había pegado otra vez. Hizo el esfuerzo para buscar la mano de su hija que estaba cerca, sabía que si la cogía, posiblemente todo acabaría ahí y no pasaría nada más. Él jamás le haría nada si estaba con la niña. Así que armándose de valor y con los ojos fijos en el suelo tendió las manos, y allí estaba ella, cerca, cerquita, como siempre, pegada a sus faldas, agarrada a sus piernas. Y como siempre, se acercó a su cara y empezó a acariciar sus mejillas mirándola fijamente con sus enormes ojos marrones húmedos, llenos de preguntas sin respuestas posibles. Solo le venía a su pequeña cabeza una posible: eso no debería ser así. Mamá no tendría porqué estar todo el día llorando. Porque mamá es buena, cariñosa, amable, se ríe, le hace las mejores cosquillas del mundo y le cura las heridas de las rodillas como nadie. Y mamá canta como los ángeles. Y ella solo se duerme cuando está en brazos de mamá. Mamá no debería llorar nunca más..
Pero lo cierto es que mamá siguió llorando durante años y años hasta que un día las lágrimas se secaron sin más, desaparecieron y dejaron paso a la más terrible de las indiferencias: La desgana por vivir porque ya no tenía a esa niña pegada a sus faldas ni agarrada a sus piernas y sintió la más horrible de las soledades.. la de que la vida pasó demasiado dolorosa y lenta y que ya no había nada más que esperar.