Eres. Sin más.

Dirás que todos son iguales pero no es verdad. Supondrás valores a quien no los tiene, a quien ni siquiera se ha planteado que pudieran existir. Pensabas que el color de los ojos o la medida del contorno de tu pecho o cintura serían los que marcaran la diferencia, pero estuviste equivocada. Sabías que no eras perfecta pero no dejabas de luchar para evitar la imperfección. Y dolía, dolía no ser lo que se esperaba .
Te preguntarás qué has hecho durante toda tu vida y llegarás siempre a la misma sangrante conclusión: No tomaste las riendas, solo te dejaste llevar por las personas equivocadas. Hiciste promesas de fortaleza sin saber que las podrías cumplir (lo cumpliste, has de reconocerlo, aunque el precio a pagar fuese alto). Delimitaste tu libertad y ensanchaste la de los “otros”.
Pasaste a un segundo lugar tu satisfacción, y te convertiste en una “fuerte, inteligente, guapa, delgada” insatisfecha.
Decididamente tu vida había sido un fraude.
Pero no sospechaste siquiera, que una mirada podría tirar por tierra cualquier canon de belleza que haya podido empaparte hasta ese momento, que te convertiste en la más bella cuando te atreviste a quedar sin respiración al sentir esa mano acariciando tu cara y cuando sus labios rozaron los tuyos.
Y ahora qué? Ahora te levantas y te estiras. Ahora tus manos intentan coger las nubes sin despegar los pies del suelo. Ahora respiras, suspiras, bostezas, sueñas.. Ahora eres una mujer no tan inteligente, no tan fuerte, ni tan guapa ni delgada, pero ahora sabes que no hace falta.
Ahora sabes que son tus imperfecciones las que te hacen perfecta.
Y dime.. qué más se puede pedir?